Un perro de terapia es
una herramienta muy flexible que puede aportar un gran número de respuestas
para los problemas asociados con los trastornos de salud mental. Una persona
que tiene trastorno de salud mental suele estar aislada y la interacción con otras
personas se ve dificultada. Les cuesta desarrollar la imaginación y no
demuestran tendencias a participar en juegos sociales. Un perro de terapia
puede ser un estímulo para el paciente con baja autoestima, depresión u
obsesiones, incrementando la distracción, la alegría y el juego, lo que
disminuye el aislamiento. Los perros son ejemplares de la aceptación porque son
seres que no juzgan, proporcionando libertad de acción al paciente que le
permite obtener tranquilidad para avanzar en su tratamiento. Al estar en
contacto con el perro, una persona con una enfermedad mental, cambia el enfoque
exterior, es decir, en vez de concentrarse en sus problemas, incrementa la
interacción verbal entre los miembros del grupo, aumenta la atención, fomenta
la autoestima, reduce la ansiedad y/o el sentido de soledad.
Para desarrollar las
áreas de las emociones, la creatividad y las habilidades sociales, es necesario
trabajar con regularidad con el animal y la persona. Consisten en ejercicios
sencillos para crear un hilo de conexión entre el perro y la persona, siendo
tan solo un escalón hacia las relaciones con otros seres humanos.
Un perro debe reunir una
serie de condiciones para poder ser incorporado a un programa de terapia
asistida, como son:
Autoconfianza: el animal
no puede ser temeroso, puesto que en ocasiones las personas con las que realiza
la terapia podrán hacer ruidos o movimientos bruscos inesperados.
Motivación: al animal
tiene que gustarle jugar y estar con las personas
Energía: el animal debe
ser un perro activo con ganas de participar en juegos.
Atención: en animal
tiene que ser capaz de concentrarse en las órdenes que se le pidan.
Estado físico: el animal
debe tener un estado físico que le permita seguir el ritmo de las actividades
de terapia.
Buen carácter: debe ser
dócil y cariñoso, puesto que el componente emocional es muy importante en la
terapia
Adiestrado en
obediencia: el animal debe conocer las órdenes que se aplicarán en las
actividades de terapia y responder perfectamente a ellas. Como por ejemplo:
sienta, tumba, quieto, dar la pata, apoyar la cabeza, trae y suelta, tira y
afloja, etc.
Adiestrado en Agility (dependiendo del tipo
de terapia a realizar)
Cualquier perro puede ser un perro de terapia,
tanto adulto como cachorro, no importa la raza (aunque es cierto que
determinadas razas tienen mejores condiciones para serlo) siempre que reúna los
requisitos necesarios.
Los perros que trabajan
con personas con trastornos de salud mental tienen que ser animales tranquilos
y con la suficiente madurez mental que le permita soportar ruidos, movimientos
bruscos, gritos y contactos fuertes. Además tiene que ser paciente, capaz de
esperar las respuestas verbales o físicas de algunas personas incapaces de
reaccionar con agilidad o rapidez.
